Nayar Araiza López

Docente Universitario y Columnista de Prensa

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No quiero ir a la morgue

Relatos y Leyendas de Nayarit
Autor: Hugo César Delgado Ayala

Hugo César Delgado Ayala, Docente Universitario en la UAN y Escritor

El presente relato lo escribo aún temblando de miedo y con sudor frío perlando mi frente, jamás pensé que mi escepticismo fuera a terminar de esa forma, llevo años trabajando en la funeraria de mi pueblo y siempre me burlé de los que afirmaban haber presenciado cosas raras, hasta que una noche lluviosa sucedió algo que marcó mi vida, pero mejor les platico cómo sucedieron las cosas desde un principio.
Siempre escuché que las personas que mueren en circunstancias repentinas, como accidentes o asesinatos, alguna parte de su ser no acepta la realidad y suelen manifestarse ante familiares, amigos o en ocasiones ante desconocidos, para enviar algún mensaje urgente a alguna persona en especial, pero jamás creí que aquella negación viniera del mismo cadáver.
Era un sábado por la noche, yo me encontraba de guardia en al funeraria, me tocaba recibir los cadáveres y almacenarlos, hablarle al doctor embalsamador y apoyarlo en el proceso de la autopsia, pero aquella noche había fiesta en el pueblo y sabía que el embalsamador no estaría en condiciones de acudir, así que recé (si es que se puede decir, porque se supone que era ateo) por que no hubiera muertitos aquella noche.
Todo iba bien, ni la lluvia detenía la fiesta, hasta mí llegaban las notas melodiosas de conocidas cumbias, seguramente la cancha bajo el domo lucía repleta de gente bailando alegremente. De pronto, tres detonaciones sobresalieron de la música y ésta se detuvo.
-Ya valió- pensé mientras me asomaba por la ventana para intentar ver algo, pero afuera estaba oscuro, sólo la lluvia se escuchaba, hasta que fue interrumpida por gritos y el llanto de una mujer, ya imaginaba lo que venía a continuación, el cuerpo del infortunado difunto entraría a la funeraria y aquella sería una larga noche.
Tal como lo pensé, el juez y sus ayudantes llegaron con el cuerpo de un muchachito del pueblo, su madre lloraba a grito abierto siguiendo al contingente mortuorio. Al preguntar qué había sucedido, el juez dijo que el joven bailaba con una chica cuando un ex novio celoso llegó y lo balaceó por la espalda, muriendo el muchacho al instante.
Al recibirlo, lo pasamos a la camilla para ingresarlo a la morgue como de costumbre, el juez y sus ayudantes se retiraron llevándose a la afligida madre. El embalsamador no llegaría aquella noche, por lo que el procedimiento era llevarlo a la cámara fría y esperar el día siguiente por la mañana para preparar el cuerpo para su velación.
Al despedir a las autoridades, tomé la camilla para dirigirme a la morgue, pero un escalofrío me recorrió de pronto, su cabeza quedó de frente a mí y sus ojos abiertos juro que me veían, sentía su mirada como una pesada loza; pero si eso fue extraño, lo peor vino cuando quise atravesar la puerta hacia la morgue, de manera macabra sus brazos se extendieron evitando que el cuerpo ingresara, al retroceder un poco sus manos volvieron a su posición natural, pero al intentar meterlo de nuevo, sus brazos hicieron lo mismo, haciendo palanca en la puerta evitando otra vez el ingreso del cuerpo; al retroceder nuevamente ya no sentía miedo de su mirada, sino tristeza, ya que derramaba lágrimas, haciéndome entender que aún no era el momento de marcharse, por eso no quería entrar a su penúltima morada, donde lo prepararíamos para permanecer el resto del tiempo en una fría tumba.
Es por demás decir que no pude meter la camilla, ahí lo dejé en la entrada y no pude quedarme en ese lugar, puse el aire acondicionado lo más bajo que se podía y me retiré. Al día siguiente le platiqué al doctor lo sucedido y misteriosamente sólo se limitó a decir que era más común de lo que creía, de inmediato se dirigió al cuerpo y tomando sus manos le dirigió unas palabras que difícilmente podía yo escuchar, de inmediato tomó la camilla y entró a la morgue sin dificultad, enseguida lo preparamos y lo entregamos a sus familiares para que le dieran la despedida.
Al preguntarle al doctor lo que le había dicho al cuerpo me dijo que sólo rezó, y le pidió permiso para enviarlo al lugar donde descansaría eternamente, que ya nada se podía hacer, que aceptara los designios de Dios, entonces recordé que yo no sabía rezar, y además me resistía a creer en un ser supremo, por eso no pude hacer nada por aquel desafortunado cadáver.
Hugo César Delgado Ayala
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