SEGUNDA OPORTUNIDAD
Autor: Hugo César Delgado Ayala
Es muy común decir que alguien recibe una segunda oportunidad en la vida cuando sobrevive a un fatal accidente, o bien al perder el vuelo o autobús en el que viajaría por tan sólo unos cuantos segundos y que éste sufra un accidente mortal; pero la protagonista del presente relato la recibió directamente de quien ella menos esperaba.
Cuando Karina perdió a su joven marido sintió que el mundo se le desmoronaba en pedazos, no sabía cómo sacaría adelante a su hijo de tan sólo un año de edad; era muy joven para un reto de esa índole y el apoyo por parte de sus padres estaba lejos de llegar, pues hacía años estaban divorciados y su único soporte había sido su novio de toda la vida. Se había casado con aquel joven obrero a los 17 años, cansada de ser ignorada por sus padres, quienes ya habían iniciado nuevas relaciones y a su parecer sólo estorbaba.
Era una tarde nublada cuando recibió la noticia del fatal desenlace ocurrido a su esposo, quien al dirigirse a casa fue víctima de la naciente violencia en el país, sucumbiendo en un enfrentamiento entre bandas rivales; ella jamás imaginó enviudar a los 19 años de edad, nunca había trabajado y la escuela había dejado de ser una opción desde hacía algunos años; de repente se vislumbraba ante sus ojos un futuro incierto, principalmente el de su hijo.
Sus padres inmediatamente intentaron hacerse cargo de la situación a su manera, pero la intención fue más desastrosa que la realidad misma; el pequeño Eduardo sufría el abandono que la misma Karina había padecido años atrás; ahora ella debía trabajar mientras su hijo era cuidado en ocasiones por su madre o por la nueva pareja sentimental de su padre, pero al mes de trabajar como empleada de mostrador de un almacén se dio cuenta que su hijo presentaba signos de deshidratación y decidió cuidarlo ella misma, renunciando a su empleo.
El pequeño tardó aproximadamente un mes en recuperarse totalmente; afortunadamente Karina y su esposo habían logrado juntar algo de dinero con la intención de amueblar su casa en un futuro próximo, pero eso tomaría otro orden en las prioridades de aquella joven viuda, además sabía que el poco recurso económico no duraría mucho tiempo. Fue en ese lapso cuando la joven madre descubrió que su hijo mostraba extraños comportamientos en casa, emitiendo sonidos de gusto y extendiendo los brazos en diferentes direcciones, como si alguien jugara con él; por las mañanas pasaba lo mismo, en ocasiones el pequeño despertaba y comenzaba a reír a carcajadas; Karina recordó que su esposo hacía exactamente los mismos juegos con su hijo siempre que llegaba a casa o al despertarlo para jugar con él antes de salir a trabajar.
Pero no sólo lo que le pasaba al pequeño le ocasionaba miedo a Karina, en ocasiones las llaves del baño se abrían solas y las puertas se abrían y cerraban sin motivo aparente; el temor a lo desconocido estaba terminando con su entereza, sabía que se trataba del espíritu de su esposo muerto, quien se resistía a abandonar a su familia y encontrar la luz que lo transportara a la dimensión correspondiente.
Su madre tuvo la respuesta inmediatamente, solicitó a un sacerdote que bendijera la casa para evitar que aquel espíritu vagara entre su familia por temor a lo que le pudiera pasar al pequeño y se oficiaron algunas misas para pedir por el eterno descanso de Eduardo. Karina tenía sentimientos encontrados, a pesar de que sabía que aquel ya no era su esposo, estaba aprendiendo a conocer sus formas de actuar, además su hijo estaba feliz, por lo que algo en su interior le aconsejaba dejar las cosas como estaban, pero sus familiares insistieron en lo contrario.
Al paso de los días, efectivamente aquel espíritu dejó de mostrarse ante el pequeño y terminaron los ruidos extraños en casa, Karina intentaba hacerse a la idea que debían iniciar una nueva vida y estaba dispuesta a todo con tal de lograrlo.
El poco dinero que había juntado con su difunto marido estaba terminándose de manera vertiginosa, al menos la casa que habitaba había quedado saldada con la muerte de él; sabía que necesitaba comenzar a trabajar de inmediato, pero no podía pagarle a una niñera para que atendiera al pequeño mientras realizaba sus actividades y no estaba dispuesta a dejarlo de nuevo con su madre o su madrastra, mucho menos con la madre de Eduardo, quien siempre estuvo en contra de su relación. Justo en esos días encontró por casualidad a una vecina que había dejado de ver algunos años atrás, al contarle lo sucedido rápidamente le aconsejó que la acompañara aquella misma noche a su trabajo, ella misma le recomendaría una niñera que en ocasiones contrataba. A las diez de la noche estaba su antigua vecina acompañada de la niñera a la puerta de su casa; Karina ignoraba la ocupación de su amiga pero estaba convencida de que necesitaba dinero, por lo que no era tan descabellado trabajar un poco de noche para disfrutar a su hijo todo el día, o al menos era lo que ella pensaba.
Cuando llegaron al lugar la primera reacción de Karina fue de sorpresa, estaban frente a un centro nocturno conocido por una situación ocurrida ahí años atrás, la primera idea que se le vino a la mente la externó algo nerviosa:
-¡Pero Sandra, aquí se apareció el diablo hace algunos años!-
Su amiga soltó tremenda carcajada mientras la tomaba de la mano y entraban juntas al lugar; adentro, el espacio estaba en penumbras, una pequeña pista de baile y se vislumbraba rodeada de mesas y sillas de cierta marca cervecera; al fondo una rocola despedía notas de música popular mientras algunas parejas bailaban entre humo de cigarro que se disipaba entre tenues lucecillas de colores.
Era demasiado tarde para arrepentirse, así que la joven principiante se dio cuenta que su trabajo sería convencer a algún parroquiano de que le invitara alguna bebida y ella con gusto aceptaría bailar con él.
Aquella primera noche fue gratificante, al menos en lo económico; su joven presencia cautivaba a todos los asistentes provocando una lista de pretendientes, quienes pacientes esperaban que el acompañante en turno de la bella novata se quedara sin dinero y se retirara, dejando el lugar vacante.
Casi al amanecer, Karina llegó a su casa totalmente ebria y con la sensación de haber hecho la peor de las acciones, cansada de soportar personas que jamás imaginó, pero ahora tenía con que pagar la niñera y solventar algunos gastos prioritarios. Cuando la niñera se fue, la joven madre intentó interactuar con su pequeño pero el sueño la venció y sólo despertó con el llanto de su hijo, quien desesperado pedía algo de alimento.
Esta acción se comenzó a repetir en diversas ocasiones, al paso de los días ya ni el llanto del pequeño la sacaba de su letargo; tuvo que contratar otra niñera para que cuidara a su hijo en el día, ya le era imposible mantenerse despierta. Su conducta estaba resultando evidente ante los ojos de su familia, pero ella comenzaba a disfrutar aquellas noches de parranda continua, ya ni siquiera se fijaba con quien se sentaba, sólo quería ingerir bebidas embriagantes de manera desesperada.
Después de un año de mantener aquel ritmo de vida, una tarde intentó levantarse para hacer sus actividades cotidianas pero no pudo, el cuerpo no le respondía, inmediatamente llamó a la niñera, quien preocupada optó por llamar a una ambulancia; una ingestión alcohólica diagnosticó el doctor, abuso en el consumo de cerveza, falta de alimentos y falta de descanso habían sido las causas, debía dejar ese ritmo de vida inmediatamente, pero fue imposible hacerla entrar en razón. Después de algunas recaídas y con el físico totalmente deplorable, una noche entró en el bar y después de verificar que estaba casi solo, caminó hacia la rocola con el fin de poner música; justo al llegar sintió una mano en su hombro y una voz misteriosa le dijo:
-¡Tú no deberías estar aquí, te ves muy mal!-
Al voltear descubrió la figura de un hombre alto y bien parecido vestido totalmente de negro, su mirada penetrante la impactó, la apertura de los dos primeros botones de su camisa mostraban una cadena de oro, no así el dije, que se escondía entre su ropaje. Él la invitó a sentarse y ella aceptó emocionada, aquel sujeto en verdad la cautivaba, su amplia sonrisa se dejaba ver entre aquella penumbra. Aún sin comprender cómo aquel extraño hombre había caminado en esa forma hacia ella en sólo unos segundos, se dejó llevar por el momento mientras escuchaba aquella voz tan misteriosa, pero la emoción se comenzó a transformar en incredulidad cuando su acompañante hizo una serie de comentarios:
-¡De verdad te digo que no debes estar aquí, tienes alguien por quien luchar y no lo has considerado, te he dado varias oportunidades y al parecer no te interesa, tu no deberías estar aquí, tu ritmo de vida habría matado a cualquier chica de tus complexión, pero insisto, hay un pequeño que no merece perder a ambos padres!-
Aquello era demasiado, seguramente se trataba de algún conocido y estaba jugando con su mente para que dejara aquella vida de desenfreno; al ponerse de pie, aquel hombre la abrazó mientras ella sentía mil emociones juntas, el la sorprendió nuevamente cuando dirigió su voz hacia ella:
-¡No tengas miedo, tú sabes quien soy, tú lo sabes, ese que estás pensando en este momento, ese soy yo, toca el dije de mi cadena, palpa la silueta y te darás cuenta que encontrarás la imagen de eso que piensas que soy!-
Al tomar aquella figura, Karina se sintió desvanecer, efectivamente se trataba de la imagen en su mente ¡La santa Muerte!, enseguida el personaje comenzó a reír a carcajadas mientras la hermosa sonrisa se transformaba en una mueca de terror, parecía una cara desencajada, aquello aterrorizó aún más a la ya de por sí atemorizada joven, quien sólo escuchó decir a su acompañante que aprovechara aquella segunda oportunidad, después entró al baño con una botella en la mano y jamás salió, al revisar el baño, los meseros sólo encontraron la botella tirada, aquello no había sido fruto de la imaginación de Karina, muchos habían visto al hombre de negro ingresar al sanitario, pero se esfumó después de haber cumplido su misión, darle a aquella mujer una segunda oportunidad.










