Relatos y Leyendas de Nayarit
La despedida de mamá
Por Hugo César Delgado Ayala
Mi madre siempre fue mi ángel en la tierra, y lo es ahora en el cielo; siempre abnegada, no permitía que alguno de sus hijos o esposo pasaran un mal momento si ella podía evitarlo; y fue tanto su amor de esposa y madre que hasta el último instante de su vida y más allá, nos hizo saber que nos amaría aun cuando ya no estuviera físicamente con nosotros.
Ella padeció cáncer los últimos 5 años de su vida, pero jamás renegó de Dios ni de su enfermedad; al contrario, rezaba por su familia y nosotros dábamos gracias por estar un día más a su lado. Después de casi 4 años de batalla, pensamos que por fin habíamos salido victoriosos, lucía sonriente, bella, y así estuvo cada día hasta que una noche, su cuerpo resintió la arremetida mortal del cáncer, que emergía de nuevo con el único fin de arrebatarnos lo que más amábamos en el mundo.
Aquella larga noche yo no pude acompañarla al hospital al encontrarme fuera por cuestiones de trabajo, sólo mi padre pudo hacerlo y no se retiró de su lado ni un momento, sólo hasta que los doctores dijeron que tenían que atenderla, que se fuera un momento a descansar a la sala de espera y que ellos le hablarían.
En cuanto se sentó en una de las sillas, mi padre se quedó profundamente dormido, pero despertó de un sobresalto minutos después; al voltear a todos lados, se percató que un hombre estaba a unas cuántas sillas frente a él. Aquel hombre, al verlo despertar le dijo:
-Qué afortunado es usted amigo, su mujer no se despegó de usted mientras dormía, le acariciaba el cabello y la cara, no sé cómo no sentía, no dejaba de mirarlo diciéndole que todo iba a salir bien, que ya no sufría, que usted tampoco debía hacerlo, sonriendo se levantó se fue a ver a su enfermo allá adentro-
Mi padre comenzó a llorar mientras se dirigía rumbo a la cama de mi madre, quien yacía con una sonrisa en su rostro; los doctores iban apenas a buscarlo para darle la noticia.
En esos momentos, a muchos kilómetros de ahí, sentí cómo una mano acariciaba mi rostro y mi cabello, mientras una voz hermosa me decía que todo estaba bien ahora, que ya no había dolor y que cuidara a mis hermanos y a mi padre; desperté pensando lo peor, le llamé inmediatamente a mi padre y me dio la mala noticia envuelto en llanto.
Se despidió de ambos haciendo hincapié en que ya no había dolor y eso nos llena de tranquilidad, sé que está en un mejor lugar cuidando siempre de nosotros; ahora volteo al cielo diariamente y veo cómo mi luna hermosa guía mis pasos a donde quiera que voy.











