Relatos y Leyendas de Nayarit
Mi amigo el Nahual
Autor: Hugo César Delgado Ayala
Escuchando acerca de los nahuales, me dio por investigar un poco más sobre este tema y encontré que en otros lugares de México son llamados transformistas, hechiceros, o en algunos lugares de Estados Unidos los conocen como skin-walkers; el caso es que independientemente de la manera en que se conozcan, no sólo pertenecen a épocas muy lejanas, ya que mi abuelo fue testigo de un hecho que hasta hoy poca gente ha creído.
Cada vez que nos platicaba aquel suceso, los vellos de su piel se erizaban y se le hacía un nudo en la garganta, mientras, con su voz entrecortada y sus ojos mirando a lo lejos fijamente, nos deleitaba con tremenda historia.
Corría el tercer cuarto del siglo pasado cuando mis abuelos radicaban en un pequeño pueblo de Sonora, la casona era herencia de mi tatarabuelo, con infinidad de pasillos, cuartos y un patio rodeado de una barda muy alta en la parte trasera.
Al fondo de la casona había una parte techada con maquinaria propia de una carpintería, donde mi abuelo reparaba muebles de madera a los habitantes del pueblo, además de hacer sus propios productos para venta. La parte sin techo era justamente el patio, rodeado por aquella enorme barda, donde mi abuelo aprovechaba la luz del sol y sacaba sus productos a secar con ayuda del mismo.
Cuenta mi abuelo que un día, llegó a la casa un joven de aspecto indígena buscando trabajo, su vestimenta era típica de los Yaquis, oriundos de ese estado. Mi abuelo le dijo que no era gran cosa lo que podía ofrecerle, que la carpintería sólo daba para subsistir, pero que un plato de comida y unos centavos, además de un techo sí podía obtener si lo ayudaba en las labores propias de la carpintería, como recoger el aserrín, engrasar las máquinas y entregar pedidos.
El joven aceptó gustoso, seguramente era más de lo que podía aspirar en su aldea. Mi abuelo le dijo que podía hacer un tendido por las noches junto a las herramientas de la carpintería, aprovechando la zona techada, pero el muchacho prefirió salir al patio y en un rincón poner su cama provisional, cosa que mis abuelos atribuyeron al calor nocturno de la zona.
La primera semana desde la llegada del muchacho mi abuelo estaba más que satisfecho, ya que, al salir a entregar muebles reparados, el joven ofrecía los servicios de la carpintería y llegaba a la carpintería con más muebles, que él mismo ayudaba a reparar, lo que significaba más ingresos al hogar. Al querer pagarle un poco más, el joven Yaqui le decía que no era necesario, que él estaba contento con lo que le ofrecía.
Una mañana, una de las vecinas comentó que uno de sus cerdos había aparecido al amanecer totalmente destrozado y parcialmente devorado; días más tarde fueron gallinas, más cerdos y hasta perros los que corrieron con igual suerte en el pequeño pueblo.
Ya había preocupación en los pobladores, temían que más adelante fueran ellos mismos los que sufrieran aquella horrenda muerte, la versión de que un coyote o lobo andaba rondando los alrededores corría como reguero de pólvora.
Una de esas noches y sin poder conciliar el sueño por alguna razón, mi abuelo recordó de pronto el motivo de su insomnio, un trabajo debía entregarse antes del mediodía y aún faltaba el lijado y ensamble, por lo que de inmediato se dirigió a la carpintería, encendiendo uno de los mechones para alumbrarse un poco y no despertar a su ayudante e inquilino.
Un ruido lo sorprendió de pronto del otro lado de la barda, parecía una serie de gruñidos, un crujir de huesos al ser masticados y chillidos de algún animal agonizando; enseguida miró cómo un animal cuadrúpedo y lleno de pelo, semejante a un enorme lobo saltó sobre la barda, cayendo en el centro del patio. Totalmente petrificado, mi abuelo fue testigo de la increíble transformación de aquel grotesco animal, escuchando cómo los huesos se contraían como si se resquebrajaran y una serie de rugidos y gruñidos brotaban de aquella garganta y aquel hocico, que poco a poco desaparecía para dar paso a una cara ya conocida por mi asustado abuelo, el cuerpo cuadrúpedo de aquel ser desaparecía y sus extremidades tomaban forma humana.
Ahí estaba de pronto ante mi abuelo su joven ayudante, quien, avergonzado, sólo lo miró y agachó la cabeza, dirigiéndose a su rincón y acostándose a dormir como cachorro regañado. Mi abuelo dejó las herramientas tiradas y se fue a intentar dormir.
Al día siguiente, al despertar, mi abuelo se dirigió a su taller para continuar con su tarea, pero ya los muebles estaban lijados, ensamblados y tendidos al sol, esperando que secara el pegamento y el barniz.
Mi abuelo no hizo referencia a lo que vio por la madrugada, el joven tampoco, no hacía falta, su complicidad duró hasta que no hubo ningún animal doméstico, entonces entendió mi abuelo que aquel nahual, transformista o hechicero tenía que cambiar de residencia, antes de atacar a un ser humano.














