Relatos y Leyendas de Nayarit
Autor: Hugo César Delgado Ayala
Festejo en el Panteón

Maestro Hugo César Delgado Ayala. Escritor y Docente Universitario en la Universidad Autónoma de Nayarit.
Festejo en el Panteón
Fue en el año 2013, aún no olvido este episodio que tan sólo de recordarlo siento un escalofrío que recorre todo mi cuerpo. Soy sepulturero, o panteonero, como quiera decirme la gente, trabajo honrado pero lleno de misterios y cosas extrañas que pasan aquí, en el cementerio. A veces nos ganamos un dinerito extra pintando tumbas, acarreando agua o lo que nos pida la gente que viene a visitar a sus deudos aquí al camposanto.
En una ocasión, mi esposa enfermó y no completaba para comprar las medicinas, me sentía desesperado. Ese día llegó una señora a visitar a su padre muerto y fui con ella a ponerme a sus órdenes, le pregunté si quería algún servicio para la tumba, me dijo que no y le volví a insistir, nuevamente dijo que no, entonces le expliqué el porqué de mi insistencia, que tenía a mi esposa enferma y quería completar para las medicinas.
Bueno, me dijo:
-Lava la tumba.
Al terminar, en broma le dije:
-Ya quedó bien bañado su papá.
Ella se sonrió y sacó un billete de 200 pesos.
-Tómalos, para que compres las medicinas de tu esposa.
Le di las gracias y me dijo:
-Mira, cuando tengas una necesidad fuerte, préndele una veladora a los difuntos y te irá bien.
Sacó un billete de 20 pesos y me dijo:
-¿Mañana le puedes poner una a mi papá?
Le dije:
-Desde luego jefa.
Se marchó y yo también. Eso hice por un tiempo, les ponía veladoras a los difuntos y me iba bien, pero cada vez lo hacía menos, y con el tiempo dejé de hacerlo. Mis hijos crecieron, uno tenía siete años y el otro cuatro, el grandecito entraba a primer año de primaria y el otro al kínder y les compré sus uniformes, mochilas, zapatos y me quedé sin dinero, pero todavía faltaba la lista de útiles escolares, eran otros 400 pesos y no los tenía. Esa semana casi no había ido gente al panteón, una o dos personas si acaso, pero nadie quiso el servicio extra que ofrecíamos.
Un viernes, antes de llegar al panteón, me acordé del consejo que me había dado la señora años atrás, lo de ponerle una veladora a los difuntos, compré una y se la puse al papá de ella, rezándole y pidiéndole por la necesidad que tenía, transcurrió el día y nada, dieron las 5:30 de la tarde y me senté en una jardinera, desconsolado, ese día nadie vino a visitar a sus muertitos, me quedé pensando cómo hacerle con los útiles de mis hijos, y dije para mí: «lo de la veladora hoy no funcionó».
Miré el reloj y ya eran las 5:45 de la tarde, mi salida era a las 6, me levanté para irme y fue cuando escuché un ruido de motor que se acercaba. Era una camioneta roja, de donde bajó un joven no mayor de 30 años, piel muy blanca, cabello oscuro, vestía una camisa a cuadros de manga larga arremangada, jeans y botas vaqueras, tenía una sonrisa de buena persona, me acerqué y le pregunté:
-¿Le puedo ayudar en algo joven?
-Sí, ayúdame a bajar esto.
Bajamos de su camioneta cuatro cajas de cerveza, botana, una hielera y dos bolsas de hielo, caminó hacia una tumba tipo mausoleo y con una llave abrió la reja, me dijo:
-Aquí ponga todo mi buen amigo.
Ahí le dejé todo, tal como me lo pidió.
-¿Algo más patrón? ¿Le traigo agua o algo que necesite?
-No gracias.
Sacó su billetera y me dio un billete de $500 pesos.
-Pero patrón, no tengo cambio.
Aún recuerdo sus palabras con esa gran sonrisa.
-Déjalo así, son para ti.
Le agradecí muchas veces y me retiré del lugar contento y pidiendo perdón por no creerle a la señora que me dio el consejo y no confiar en la ayuda de su papá. El sábado por la mañana me mandó llamar el administrador y vi que estaba con unas personas en la tumba donde un día antes le ayudé al joven a bajar las cervezas, me llamó por mi nombre preguntándome:
-¿Ayer tomaron cerveza aquí ustedes?
-No patrón, cómo cree, ayer vino un joven en una camioneta y le ayudé a bajar todo eso.
Cuando se lo comencé a describir físicamente, vi que entre las personas una señora se empezó a sentir mal y la ayudaron a sentarse, yo no entendía que pasaba, pero le repetí:
-Yo no fui patrón, ni dinero traía, hasta que el joven me dio 500 pesos, y con eso compraré los útiles escolares de mis hijos. Algunos comenzaron a llorar, en eso se me acercó una joven y sacando su celular me preguntó:
-¿Fue él?
Le dije:
-Ándele, ése mero, si quiere llámele para que le pregunte y vea que fue él.
La joven me dijo:
-Él es mi hermano, pero ya tiene dos años que falleció, hoy vinimos a visitarlo porque es la fecha de su cumpleaños.
Me empezó a dar vueltas la cabeza, también me sentí mal, y más al momento de sacar los botes vacíos de cerveza y basura de adentro del mausoleo. Quise compartir esta historia que me ha dejado huella de por vida, pienso que Dios le dio permiso a ese muchacho de festejar su cumpleaños a su manera, pero esta vez en su propia tumba.











